Mi Historia

Hay cosas que no empiezan como un negocio. Empiezan como amor.
Para mí empezó en la cocina de mi abuela, en Uruguay, mirando a mi madre hacer todo desde cero, hasta el pan. Ella siempre decía: "Lo que se hace con amor siempre queda bien." Yo tenía diez años y ya le creía.
Mi abuelo también era repostero. Decoraba las tortas completamente a mano, dibujando cada detalle con una paciencia que todavía admiro. Crecí rodeada de eso: el olor de algo en el horno, el orgullo de crear algo hermoso con ingredientes simples, y la alegría de ver a alguien dar el primer bocado.
Aprendí pronto que la repostería no era solo un oficio. Era mi manera de decir lo que a veces no sabía decir con palabras.
En 2016 pasé por una pérdida que me sacudió profundo. No voy a contar aquí lo que fue, porque todavía me cuesta. Pero sí les puedo decir esto: me aferré a la cocina como otros se aferran a la oración. Me sostuvo. Me mantuvo de pie cuando todo lo demás se movía.
En 2019 decidí honrar esa pérdida estudiando de forma profesional en el Crandon, una de las escuelas de cocina más prestigiosas de Uruguay.

Amarelo nació en una noche de insomnio, en 2021.
Mi esposo, cubano e incondicional, me miró una noche y me dijo: "¿Por qué no haces lo que amas?" Y me dio una sola tarea: pensar un nombre y abrir un Instagram.
Esa noche no dormí.
Mi color favorito siempre fue el amarillo. Mi otro amor, siempre, Brasil. En portugués, amarillo se dice amarelo. Le sumé Cakes, diseñé el logo yo misma, y Amarelo nació ahí, en medio de la noche, sin saber todavía todo lo que iba a significar para mí.
Mis primeras clientas fueron mis compañeras de trabajo. Durante doce años trabajé contando dinero en una empresa de seguridad, nada que ver con una pastelería. Pero ellas fueron las primeras en creer en lo que hacía. Probaban, repetían, recomendaban. Se corrió la voz, y de a poquito Montevideo empezó a conocer Amarelo.

En 2022 nos mudamos a Las Vegas.
Recuerdo estar en una cocina que no era la mía, con un idioma que todavía no era el mío, preguntándome en voz baja si Amarelo podría existir aquí. Si algo nacido en una cocina de Uruguay podría echar raíces en el desierto.
Volví a abrirla en 2024. Cada alfajor, cada pie, cada cake jar, cada torta, los hice y los vendí con estas manos. Como si cada uno fuera una carta de presentación a una ciudad que todavía no me conocía.
Ahora empieza un nuevo capítulo.
Y entonces la vida me dio el regalo más grande: decidí ser mamá.
De repente todo tomó otro sentido. Pensé en aquella cocina de Uruguay, en mi madre amasando el pan, y en mí, con diez años, mirándola como si hiciera magia. Entendí que ahora me toca a mí. Que ahora soy yo la que va a estar en la cocina, y que no quería perderme ni un minuto de lo que viene.
Pero tampoco quería soltar lo que amo.
Así que busqué la forma de que las dos cosas cupieran en mi vida.
En todos estos años aprendí mucho más que recetas. Aprendí cuánto cuesta de verdad cada postre. Qué marcas hacen la diferencia. Dónde comprar mejor. Cómo conseguir empaques. Cómo presentar algo para que alguien lo mire y quiera probarlo.
Aprendí todo lo que me hubiera gustado saber cuando empecé, sola, sin que nadie me explicara nada.
Hoy quiero compartir todo eso contigo. Cada kit de esta tienda es una receta que hice y vendí de verdad. No es teoría. Es lo que viví, lo que probé, lo que vendí, lo que fallé y volví a intentar.
Porque sigo creyendo lo mismo que creía a los diez años, parada en la cocina de mi abuela:
Lo que se hace con amor siempre queda bien.
Y si además aprendes a vivirlo como un negocio, puede cambiarte la vida.

— Daniela, fundadora de Amarelo